Abamia herida

Abamia, sus tejos, la obra civil, la restauración …. En lne aparece un artículo de Ignacio Abella que lleva por título el de esta entrada y que reproduzco a continuación:

Si preguntamos a la gente mayor de los pueblos asturianos por los tejos que viven al lado de sus iglesias y por doquier, junto a las casas y lugares más significativos, probablemente no encontraremos dos respuestas iguales y sin embargo comprenderemos rápidamente la honda raíz que conserva este árbol en el inconsciente colectivo del mundo rural. El refrán lo resume de manera brutal, pero reveladora: «Val más matar un paisano que valtar un texu», decían los paisanos de antaño.

 

 

grabado inglés

Hace cinco años, charlábamos con una vecina de Abamia, que pastoreaba en la majada junto al Ercina. La conversación derivó pronto hacia Abamia y sus tejos y nos explicó el cariño especial que existe hacia este árbol, que se planta a la vera de las casas para gozar de su hermosura y su sombra. El día de la fiesta -nos contaba-, se reunían junto a la iglesia de Abamia hasta doce ramos de doce pueblos de los alrededores, con bollos y ramas de laurel, pero sobre todo de tejo. «Se cogían algunas de los mismos tejos de la iglesia, con cuidado de no hacerles daño».
Aurelio de Llano refiere que, en 1927, debajo de estos tejos se reunían los feligreses para tratar sus asuntos. Del mismo modo, añadimos, que se han celebrado por toda Asturias y otras regiones enmarcadas en esta cultura del tejo, las juntas, asambleas o concejos de vecinos, además de pactos, juicios y juramentos y un sinfín de otros rituales, fiestas y reuniones, al amparo de este árbol.

En el curso de un cuestionario que realizábamos en 1990 entre los párrocos asturianos, fueron varios los que escribían: «El tejo tiene un alto sentido religioso» y aportaban otras muchas apreciaciones sobre su hondo simbolismo y significado.

Para los abuelos de Corao, cuyo antiguo templo parroquial fue esta iglesia de Santa Eulalia de Abamia, el tejo más grande sería milenario y habría sido plantado en el momento de construir la iglesia. Según estimaciones más científicas, su edad debe de rondar los 500 años, y la esperanza de vida de esta especie supera los dos milenios.
De cualquier forma, la estirpe de estos tejos de Abamia, que han ido plantándose y reponiéndose, podría tener un remoto origen, a juzgar por los cultos que se sucedieron en este mismo lugar desde muchos siglos antes de Cristo y del cristianismo. Así lo atestiguaba el dolmen aledaño.

Antes de que en el siglo XVIII, principalmente, los cementerios fueran segregados de las iglesias por razones de salubridad, el entorno de los templos y los alrededores de los tejos eran lugares de enterramiento. El de Abamia no era una excepción y durante las sextaferias, nos contaba un paisano, aparecían restos óseos en el lado de la carretera. Tatarabuelos del pueblo que afloraban en el talud. La leyenda bretona cuenta que el tejo extiende una raíz hasta la boca de cada uno de los ancestros y susurra al viento entre el follaje los secretos no dichos en vida. Por toda Europa, el tejo era venerado como ancestro común, por haber absorbido durante generaciones incontables los cuerpos de todos los vecinos del pueblo, la tribu o parroquia.

Y podríamos continuar desgranando sus significados, entrelazando la historia y la leyenda para vislumbrar siquiera una pequeña parte de todo lo que sugieren e inspiran estos árboles (entre otros, a los poetas que vienen a sentarse a sus sombras y se llevan con frecuencia poemas inmortales dedicados al tejo: W. Yeats, A. Tennyson o W. Wordsworth parecen buenos ejemplos, aunque no hace falta ir tan lejos).
Pero quizá sea suficiente esta presentación para señalar que los árboles son sin duda la verdadera alma, palpitante y viva, casi eterna, de este lugar. Pese a que algunos visitantes quedaran absortos en la obra humana, ciertamente impresionante de la iglesia de Santa Olaya, y apenas fueran capaces de ver los tejos, como si un tupido velo de silencio los hiciera invisibles e incomprensibles. Es curioso que el discurso inerte de la piedra tenga más relevancia para los hombres y ocupe más páginas que el suave murmullo de lo vivo.
Pero un árbol viejo es todo un símbolo de la sabiduría y la cultura de las generaciones que han sabido preservarlo. Su valor es incalculable por la edad, la belleza y la paz que transmite a quienes lo contemplan o gozan del privilegio de su sombra y presencia. El discurso del tejo es vital y de una impresionante modernidad y fuerza didáctica, pues nos habla de la posible alianza con el árbol y el mundo natural que finalmente representan nuestra garantía única de futuro.

Es por todo ello que el restaurador o el arquitecto que comienza una obra en las inmediaciones de un árbol monumental debe siempre actuar con toda la sensibilidad, calma y previsión, teniendo en cuenta que un simple error, una actuación de apenas media hora, puede determinar la pérdida irreparable o el grave menoscabo de un ser que llevaba siglos creciendo en ese lugar; que había visto pasar repúblicas y monarquías y generaciones enteras de hombres y mujeres, sin apenas despeinarse ni envejecer.

Es preciso recordar que somos en cierto sentido intrusos, recién llegados. Que, del mismo modo que nuestros antecesores supieron transmitirnos este verdadero monumento vivo, tenemos la obligación moral, también legal en este caso, de entregarlo a nuestros sucesores en el mejor estado posible.

Desgraciadamente, en Abamia la actitud de escucha que requiere cualquier actuación no ha existido. No se ha hablado con los paisanos, no se ha entendido ni respetado la atmósfera sobria del lugar y se ha dañado de forma gravísima la integridad de los tejos.

El colmo de la insensatez es que las más graves heridas, las profundas zanjas que afectan a los dos tejos mayores, se han abierto para pasar el cable de los focos que habrán de iluminar la magna obra de un restaurador y un arquitecto que a todas luces no han tenido la sensibilidad para adaptar la obra al espacio único y perfectamente intrincado que podemos definir como el «campo de Abamia». Este pequeño paisaje en el que subyace la memoria del dolmen guardaba una rara armonía en su diálogo secular entre los tejos y otros árboles del entorno, el cementerio y el templo de piedra, los setos y las praderas circundantes, formando un todo indisoluble. Hoy ese diálogo se ha quebrado.

Negar ahora los daños supone no comenzar siquiera a tratar de paliarlos y sentar un fatal precedente. Juzgue el lector cuál es el mensaje final que recibimos de nuestras autoridades: aunque estaba taxativamente prohibido por decreto hacer zanjas y hoyos en el entorno de los tejos, aunque el mismo decreto prohibía siquiera aparcar o almacenar materiales de obra en un radio de dos veces la proyección de la copa, todo ello es papel mojado cuando se hace a cargo de los responsables de Cultura, aunque las zanjas tengan más de 15 metros de longitud y 30 centímetros de profundidad y se encuentren al lado mismo del tronco.

No hay explicaciones, no hay responsabilidades, no facilitan los expedientes solicitados en Medio Ambiente y nos preguntamos si alguien piensa que ocultando la información y echando tierra a la zanja se olvidará el agravio.

Las raíces del tejo continúan desgarradas por más que se hayan sepultado en su fosa de tierra. La herida de Abamia continúa abierta y sangrante en la conciencia de los asturianos. Si consentimos, si sentenciamos y ejecutamos el propio símbolo de la vida y la tradición, y no logramos comprender y sentir que algunas heridas lo son en carne propia, podemos augurar un negro futuro para la identidad, la cultura y la naturaleza asturianas.

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